Ronda del Guinardó

de Juan Marsé


"El inspector tenía alambres de púa en las corvas en lugar de tendones, pero enfiló animosamente la empinada calle Larrad. Maldito barrio de sube y baja y escóñate, pensó avistando el parque Güell. Dejó atrás farolas ciegas y descabezadas y dobló a la derecha bajando por Rambla Mercedes, un barranco en obras, con aceras escalonadas que lo hacían aún más instransitable. Se oían radios y voces de niños en el laberinto de patios y casuchas miserables. Abajo, en la noche remansada, el inspector olfateó el torrefacto y el fétido olor de las huertas. Brillaban espectrales llamas rojas entre los olivos sombríos de la colina."


Juan Marsé explicaba que cuando era niño, durante una tarde de cine mientras miraba el Zorro, se quedó pasmado en la oscuridad de la sala al oír de la pantalla que el enemigo al que se iba a enfrentar el Zorro había estudiado esgrima en Barcelona. El hecho de que pronunciaran el nombre de su ciudad en una película de Hollywood fue para Marsé la confirmación de que Barcelona existía. En una ciudad donde no pasaba nunca nada, donde había que comprarse cómics e ir al cine para vivir, de repente esta ciudad podía pertenecer al mundo de la ficción, ¡podía ser la escuela de esgrima de un héroe en Hollywood! Ese fue el detonante para que Marsé hiciera de Barcelona el escenario de sus novelas.

Marsé nació al inicio de la Guerra Civil español en Barcelona, donde creció. Vivió toda la dictadura franquista y su creación literaria es producto de las memorias individuales de sus realidad más cercana. Las vivencias de Marsé están marcadas por la vida de niños y adultos que intentan sobrevivir al paso del tiempo. Sus libros están influidos por las imágenes cinematográficas, hijo de una generación que creció soñando una vida diferente por medio del cine. Otras influencias fueron cuentistas como Somerset Maugham o novelistas como Faulkner, quienes influyeron en la literatura de este lector empedernido.

Ronda del Guinardó se publicó en 1984. La historia transcurre en un sólo día, durante un paseo físico y metafísico por el lugar y la historia de un barrio obrero de Barcelona durante la posguerra. Tiene como protagonistas a una niña huérfana que vive en una Casa de la Familia y a un inspector franquista cercano a la jubilación. La niña representa una marginalidad común en la época, así como la ingenuidad y el instinto infantil de vivir entre la ilusión, la supervivencia y el desengaño de una vida parca en generosidad. El tiempo se ancla en la distracción del desasosiego, producido por una vida solitaria y mendiga de tareas que se suceden esporádicas entre casas vecinas del barrio.

Durante el paseo, se muestra el escaparate de lugares propios de la España franquista. Estos lugares son el cine, las casas de acogida, casas con signos de abandono, o las temidas comisarías franquistas. Marsé describe el carácter que cada uno de estos lugares ocultaba en su servicio y los personajes que los poblaban, así como los zapateros, prostitutas o vecinos que transitaban sus calles. La Barcelona histórica de Marsé compone un mapa ficticio de la ciudad que no responde tanto a la realidad urbanística como a una lógica interna en el relato, que otorga coherencia a la narración y al paseo. El libro nos muestra como pocos de sus coetáneos, la miseria física y moral de la España de los años 40.

Los aprendizajes cristianos, el autoritarismo y la falta de posibilidades se encuentran en una realidad que se esfuerza sin éxito por salir, divertirse, crecer, encontrar el placer o ser libre.

El lenguaje empleado es riquísimo en adjetivos y epítetos, lo cual logra que imaginemos con pocas palabras, imágenes muy gráficas y concretas. El estilo de Marsé es descriptivo y aparentemente dócil; no denuncia explícitamente a la sociedad que describe, sino que incluye recuerdos imborrables, carentes de juicio en su descripción sobre personajes y actividades ya desaparecidas pero que entonces marcaban los días de personas de toda una generación. El estilo está libre de sentimentalismo, cargado de realismo acercándonos al tedio, al aburrimiento, a la pobreza y al vacío de la generación del 50, de los barrios humildes y  sus niños con sus recursos y limitaciones. La novela refleja temas como la orfandad de la posguerra, el impulso sexual y los escarceos eróticos de los niños y adolescentes, la moral catolicista, el autoritarismo religioso, la educación condicionada por la religión, la censura, la tortura...

Como indica Fernando Valls en el prólogo de Ronda de Guinardó, Marsé fue de los pocos autores que hablaron de la vida diaria en las calles de España durante la dictadura, y de sus ciudadanos, marcados por sus humildes historias, a veces miserables. Con sus relatos se encargó de recordarnos una época que una vez pasado no quiso ponerse bajo análisis ni sospecha sino ser olvidada. La literatura de Marsé es imposible divorciarla de sus memorias pero tampoco de toda su generación. El autor supo reparar sobre una realidad que no pretendió nunca ser motivo literario para otros, pero que en su literatura y sobre todo, con el tiempo, adquieren valor histórico y social.