La Odisea

No miento si afirmo que La Odisea es el libro de los libros, el origen de la literatura occidental, de los cuentos y los viajes, el principio de todas las historias. Cuando acaba la guerra de Troya (véase la Ilíada) Ulises, uno de los pocos supervivientes decide volver a su casa en Ítaca, pero el camino es largo y como en toda constelación familiar, hay amor, hay un hijo, hay madre y padre y como estamos en Grecia en el s. VIII a. C, hay dioses. Todo lo que la filosofía contemporánea intenta aclarar con el mindfulness, el tercer ojo, el karma, los sueños o la intuición tenían un equivalente mitológico en Grecia. Qué bonito sería poder dialogar con tu intuición (Atenea, la diosa de la sabiduría, la verdadera Planner de este viaje), que un ser divino te mande a alguien en sueños para que no decaiga tu esperanza (el sueño de Penélope) o hablar con los que ya no están (cuando Ulises baja al Hades y se encuentra con sus compañeros muertos o con su madre), incluso tener a un aedo que te cante todo lo que te llevó hasta aquí. En la Odisea todos esos sentimientos aparecen explícitamente y eso es lo que la hace intensa. Y lo más bonito de este viaje de 20 largos años en los que nadie sabe si Ulises está vivo o si va a llegar a Ítaca es que cada uno de los personajes tiene la esperanza y el deseo de que así será. Son héroes fuertes que lloran, que pierden la esperanza, que se muestran prudentes y por tanto miden su momento de acción. Y no lo olvidemos, también es un paseo por el Mediterráneo y sus míticas ciudades donde de noche se bebe vino y se dialoga para liberar el alma, se untan con aceites tras los baños para sugestionar el sueño y de día navegan entre todo tipo de obstáculos. 


"Así dijo. Todos los demás quedáronse quietos y en silencio. El encanto los tenía dominados en la sala ensombrecida. Y entonces tomó la palabra Alcínoo y dijo:

"Odiseo, puesto que alcanzaste mi casa de broncíneo umbral y elevada techumbre, creo que no vagarás por más tiempo errabundo para lograr tu regreso, que muchísimo has sufrido. Respecto a vosotros, a uno por uno os animo y os invito, a todos quienes en mi palacio bebéis siempre el vino rojo de los nobles ancianos y escucháis al aedo. Ya están, para nuestro huésped, guardadas en un pulido arcón las ropas, el oro bien labrado y todos los otros regalos que aquí han traído los consejeros de los feacios. Así que, vamos, ofrezcámosle un trípode grande y un caldero cada uno, y más adelante nos resarciremos haciendo una colecta entre el pueblo, porque es costoso hacer sin más tales regalos".

Así hablo Alcínoo, y a ellos les agradó su propuesta. Se fueron a dormir, cada uno a su casa.

Apenas brilló matutina la Aurora de dedos rosáceos, acudieron en tropel a la nave, y traían espléndido bronce. Allí sus dones depositó bien la sagrada fuerza de Alcínoo, recorriendo él mismo la nave, debajo de los bancos de madera, para que no estorbaran a ninguno de los que bogaban cuando se aplicaran con ahínco a los remos. Se dirigieron luego al palacio de Alcínoo sacrificó para ellos un buey, en honor de Zeus, el Crónida de negras nubes, que reina sobre todos. Quemaron los muslos y celebraron un admirable festín disfrutando del mismo. Para ellos cantaba el divino aedo, Demódoco, venerado por el pueblo. Odiseo, por su parte, volvía a menudo su cabeza hacia el sol resplandeciente, ansiado que se pusiera. Pues ya anhelaba partir de regreso. Como cuando un campesino aguarda con ansias la cena, después de haber empujado por el campo, tras sus bueyes rojizos, el resistente arado, y ve con placer sumergirse la luz del sol para encaminarse al fin a su casa, y al ponerse en camino le tiemblan las rodillas, así de placentera fue para Odiseo la puesta de la luz del sol."