Jardín junto al mar

"A mí siempre me ha gustado saber las cosas que le ocurren a la gente, y no es que sea un metomentodo... Es porque quiero a las personas, y a los dueños de esta casa los apreciaba. Pero de todo esto hace tanto tiempo que de muchas cosas ya no me acuerdo, soy demasiado viejo y a veces me enredo sin querer... No hacía falta ir a ver películas al Excelsior las temporadas de verano cuando venían con sus amigos. Había uno que pintaba el mar. Feliu Roca se llamaba. Había hecho exposiciones en París y creo que en Barcelona es conocido y que ha ganado mucho dinero con esta tendalera de azul. Lo había pintado de todas las formas: tranquilo, loco, con olas altas, y con olas bajas. Verde, de color de miedo. Y gris, de color de nube. Marinas. Decía que hacía marinas y sus amigos le decían que tenía que hacer manchas que es lo que gusta a los americanos. Se burlaban y le decían que ya había habido demasiados pintores que habían pintado el mar, y el muchacho... un chico magnífico con el cabello tirando a rubio y unos ojos azules un tanto adormecidos, como soñolientos. A veces tartamudeaba. Cuando no le salían los colores como él quería: quiero decir, eso de la mezcla. Me decía: es más difícil pintar esta bestia azul que cuidar de las flores. Y yo le contestaba: lleva usted razón. Las flores se hacen solas. Tal vez por eso tiene tan poco mérito ser jardinero. Se lo decía para que estuviese contento y entonces me contaba que cuando hubiera pintado el mar de todas las maneras como el mar se puede poner, me pintaría a mí, sentado al sol. Claro, no le creía, no... Todos los veranos, cuando llegaba, yo estaba contento de voverlo a ver y creo que él también estaba contento de verme a mí. Seis veranos... En total, seis veranos, con un invierno malo... Una de las amigas- eran dos, y venían siempre- se llamaba Eulàlia. La otra se llamaba Maragda. Trabajaba de modista y había sido maestra de la señorita Rosamaría, que de joven había trabajado con ella, y esto las había hecho amigas. Cuando volvían del baño, por la mañana, procuraba trastear por los parterres de ahí cerca. Por éste, cubierto de caléndulas naranja; para oírlas hablar. Y, tanta alegría, tanta juventud, tanto dinero... y tanto de todo... dos desgracias." Mercè Rodoreda